
El viernes nos juntaremos todos: el coro estable de Mar del Plata y los que irán aterrizando desde sus respectivas ciudades. Recibo, mientras escribo esto, la noticia de que a P. y M., se les complica viajar. Pero vendrán, yo sé.Y nos abrazaremos expresando la alegría de encontrarnos. Más flacos, más gordos, más altos, más rubios, más canosos, más pelados o más peludos, tejeremos una cálida maraña de besos y palabras. Y otra vuelta de mate. Y otra vuelta de café a la hora del almuerzo; y un almuerzo demorado en larga sobremesa. Y los más chicos de la casa celebrarán excitados el olvido de su siesta, comerán golosinas a destajo y babearán los muebles con total impunidad protegidos por los brazos de una tía. Los más grandes mostrarán sus fotos, sus libros, sus autos nuevos, sus cicatrices. Contarán sus viajes, sus exámenes, sus proyectos, sus nueve lunas, sus esperanzas. El sábado saldremos en banda a desayunar tardísimo. El Cóndor, frente a plaza Mitre, estirará sus mesas y cortará el ayuno con una orgía de medialunas, brownies, lemon pies, tortas de chocolate, tostados, capuchinos, café con crema, cortados, lágrimas (y risas). El flash de las fotos congelará varios gestos de íntima complicidad y blanda protesta -“che, no me saques cuando como”, “sacale a la nena pero a mí no, que tengo cara de dormida”, “esperá que me pongo los anteojos”-. Y el domingo almorzaremos canelones como le gusta al abuelo o paella como quieren los nietos, poco importa. Celebraremos a los padres en su día y el rito ceremonial tendrá el ritmo festivo que nos es propio. Los más pequeños apurarán el obsequio comprado por mamá y los más grandes recibirán con su regalo, que puede cambiarse el lunes, una cuota extra de amor que no se cambia porque calza mejor si el talle es grande.
Y yo, que no sé de agendas y me niego a festejar por decreto, agradeceré a los padres de la familia y al padre de la bandera, esta feliz conjunción del mes de junio que me permite disfrutar de todos ellos.
...y como si la Lola fuera un reló, de precisa como andaba, vino al mundo, y con una sencillez y una felicidad que a mí ya me tenían extrañado, mi nuevo hijo, mejor dicho, mi primer hijo, a quien en la pila del bautismo pusimos por nombre Pascual, como su padre, un servidor.
La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela