
Llamó por tercera vez esta semana; hoy, para preguntar qué día murió Amalia.
(Tengo que pensarlo porque no recuerdo el día exacto en que murió mi vieja, soy una bestia. ¿Junio o julio, el 1 o el 2?).
Ya está.
Anota cuando le dicto, y asiente cuando le digo que tengo una especie de negación,
que no es una suspensión del duelo o negación de la muerte, sino la superación de ésta, me parece.
Me dice que ella ha sido una mujer extraordinaria, transparente y sin sombras.
Se duele por no haberlo celebrado cuando vivía. Se consuela pensando que partió tomada de su mano aunque hacía tiempo que se habían soltado .
Le digo que es un tipo con suerte por haber tenido en su vida, dos mujeres extraordinarias.
Me dice que, ¡claro, no soy idiota!
Le digo que, claro, pero muchas veces te comportás como un idiota.
Se ríe a carcajadas porque sabe a qué me refiero.
Prometo mandarle el libro, las fotos y los cd’s, ¡esta semana sin falta!, como vengo prometiéndole desde hace diez.
Nos vinculamos en una dimensión atemporal, que ignora reclamos o reproches y resulta muy cómoda, salvo cuando olvida la diferencia horaria y llama un domingo a las 7 de la mañana porque yo,
en ese punto, y con más razón,
no sé que día es, qué hora, ni quién llama.
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¿Para qué contar las horas/ de la vida que se fue,/ de lo porvenir que ignoras?/ ¡Para qué contar las horas!/¡Para qué!
Las horas. Francisco A. de Icaza.






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