24 de mayo de 2011

Geografía Celestial

(♫)

En su paraíso de coordenadas difusas la eternidad se mide en un beso infinito.
(Al infierno lo define por ausencia y al purgatorio por la suma de miedos)

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Si las puertas de la percepción se depurasen,/todo aparecería a los hombre como realmente es: infinito./Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver/todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna.
Las bodas del cielo y el infierno. William Blake

21 de mayo de 2011

Inutilísima IX

(♫)

Mi vecina llama por teléfono y pregunta suavemente ‘si algo se está quemando’ sólo un par de minutos después que R.
Mis vuelos interiores producen un jet lag importante porque yo, ni enterada.

..º..

18 de mayo de 2011

Oíd, Mortales

…en mi familia materna siempre alguien se moría.
Las mujeres no terminaban de abandonar sus vestidos negros y mi abuela exteriorizaba su duelo con todos los ritos y ceremonias de la época que entornaba persianas y silenciaba aparatos de radio.
Yo detestaba eso, no quería enterarme que en ese cuarto de la casa chorizo, había muerto una tía adolescente que me heredó el nombre.
No quería que me enviaran a buscar a mi padre y a mi abuelo que jugaban al ajedrez en la sala donde estaba el piano amordazado, de otra tía muerta.
Aborrecía que mi abuela me llevara a la bóveda familiar, como si fuera un buen plan lustrar bronces, cambiar flores, manteles y puntillas almidonadas.

No tenía miedo.
Tenía intriga morbosa por imaginar cómo sería el bebé que había muerto con su madre el día del parto ¿lo estaría abrazando ahí adentro?
¿Mi otra tía estaría tan linda y bronceada como en las fotos tomadas en Mar del Plata pocos días antes de morir? Como si supiera…decían las viejas.
Todavía puedo sentir el frío de la estancia, el olor a encierro y la diligencia de mi abuela que limpiaba y ordenaba, mientras me contaba quién habitaba cada ataúd.
No, yo no tenía miedo; esa familiaridad con Thánatos le restaba dramatismo y sólo me inspiraba curiosidad y ganas de salir al sol.

La otra rama familiar, por el contrario, parece eternizarse en el tiempo y mi abuela paterna en cambio, evocaba sus muertos en la suave memoria de la oración, al abrigo silencioso de la fe.

Me crié entre la montaña y el mar, entre la vida y la muerte, entre lo publicado y lo privado.
Entre ambos extremos, el péndulo sigue gravitando y buscando respuestas.

..º..
Mi madre habría decorados las tumbas de la familia con acianos y margaritas.
Diarios. John Cheever

14 de mayo de 2011

(Otras) Breves notas para una autobiografía


Fue en Mendoza donde conocí la obligación de la siesta y el primer amor.
J. era el hermano mayor de E. y seguramente me tenía registrada en ese colectivo invisible de ‘amiguitas de mi hermana’.
Ajena a eso, yo seguía atentamente sus vueltas en bicicleta, batía mariposas en la panza al verlo pasar y escribía su nombre con tiza en el asfalto.
Un día decidió cambiar de vehículo, tomó a hurtadillas el auto nuevo de su padre y se lo puso de cabeza en una curva peraltada del autódromo. Así fue como también me inicié en la pena del amor ausente, porque la penitencia impuesta archivó la bicicleta y lo condenó a una reclusión domiciliaria que me impidió verlo por un tiempo.

Mendoza fue escenario de otras primeras veces que desdibujaron morosamente el estado de gracia original por caminitos donde la infancia fue deshilachándose sin conciencia: el primer cigarrillo, la intuición del sexo, la noción de otredad, la primera comunión, la primera nevada.

Primeras veces y preludios de muchas otras veces de picos nevados al final de la calle, de la tierra temblando debajo los pies y del silencio impresionante en la alta montaña. De veredas brillantes de kerosene, de bichitos de luz en las noches de Chacras de Coria, de viñedos cargados de uvas, del correr del agua por las acequias y de las hojas plateadas de los álamos.

Las ‘tías Peñaloza’ invitaban a los chicos de la cuadra a escuchar, cada tarde, la lectura de un capítulo de Sin familia, historia tan llena de aventuras y desventuras que nos obligaba a querer volver. Con ellas aprendí los primeros rudimentos del francés que ya olvidé aunque todavía puedo cantar La Marsellesa completa y recitar los números hasta cien, sin titubear.
Tenían un patio con glicinas blancas y violetas que yo machacaba empeñosamente y mezclaba con agua y alcohol; remedo de un perfume que intentaba atrapar la fragancia que perdura hasta hoy.
Su ausencia se sentía durante los tres meses de veraneo en Mar del Plata, lugar desde donde hoy invierto el modo de evocarlas.

Mendoza conforma una parte del mapa feliz de mi infancia y es el lugar donde conocí, también por primera vez, la pena de irme.


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Niña que en vientos grises/ vientos verdes aguardó.
Los pequeños cantos. Alejandra Pizarnik