28 de julio de 2014

Instrucciones para tejer sin agujeros


 
 Soviet postcard, 1951


Una bufanda roja es  la primera cosa que recuerdo haber tejido, y digo ‘cosa’ porque solo  la mirada amorosa de mi abuela Lila, podía ver una bufanda en aquella retorcida concatenación de agujeros. Tendría yo cinco años por entonces y muchos kilómetros de lana han transcurrido, hasta llegar a conformar el actual entramado.
 
La moda ha reivindicado el tejido manual y lo ‘hecho en casa’, podemos comprarlo ahora en paquetísimos comercios, como novedoso y colorido objeto de diseño. Mantas, cubreteteras, gorros, bufandas, almohadones o tiras de corazones, alegran los modernos ambientes o visten a  los más jóvenes con aquel remoto aire hogareño.


Enseñé a tejer a las más chiquitas de la casa porque sé que con un ovillo en mano, no hay aburrimiento posible, y es que al tiempo de hacer, podemos escuchar, pensar o imaginar. Procuramos un espacio creativo que nos recompensa con la alegría pronta del trabajo terminado que, generalmente, damos. 
Cuando tejemos, el tiempo convencional discurre de otra manera: se detiene, se entrelaza, se monta sobre otro, gira y avanza o retrocede con velada vitalidad.


Además, al tejer se abre un paréntesis que regala la posibilidad de empezar una nueva bufanda roja, libre de agujeros, que nos regresa al abrigado regazo de la abuela.


..º..


Y mientras tejía el áspero calcetín marrón rojizo con la cabeza absurdamente rodeada por el marco dorado, el chal verde que había colocado al borde del marco y de la obra maestra auténtica de Miguel Ángel, la señora Ramsay suavizó la brusquedad que la había dominado un momento antes, alzó la cabeza y besó a su niñito en la frente.

El faro. Virginia Woolf


16 de junio de 2014

El Gran Père

W. R, 1997.


Ayer, mientras desayunaba, alcancé a ver  en Canal Encuentro la última parte de un programa sobre Vincent Van Gogh; superponían sus pinturas de Arlés con el paisaje en vivo que el cronista caminaba, al tiempo que explicaba.
Alguna vez hice con mi viejo ese mismo recorrido de amarillos, naranjas y verdes furiosos. En Rousillon compramos pan, lonchas de jamón crudo y unas confituras de chocolate que comimos gozosos mientras disfrutábamos de la vista multicolor de los Pirineos, en cuyas canteras de ocre se obtiene un polvo arcilloso utilizado para fabricar pigmentos. En Arlés nos sentamos en un barcito a tomar café, sobre la calle por donde Van Gogh subía a su cuarto amarillo o en la que, tal vez, perdió la oreja en su pelea con Gauguin.
La imagen de mi padre está fuertemente asociada a la vida, aunque haya muerto. Es color, olor, sabor. Es pasión por la pintura, la danza, la lectura y las mujeres. Es su risa del otro lado del teléfono, un legado vital que me hace ignorar las efemérides lacrimógenas.

Después, con hijos y padres celebramos el día y la vida en feliz algarabía. El numeroso encuentro familiar que abundó en ravioles, postres, risas y fútbol, fue una fiesta de los sentidos que se volvió regalo al recuerdo de mi viejo.

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Patio que ya no existe. La mojada/ tarde me trae la voz, la voz deseada, / de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
La lluvia. Jorge Luis Borges

23 de mayo de 2014

Veo Veo



Quisiera regalarte mi espejo para que te veas como yo te veo.

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Gracias […] Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad.
Jorge Luis Borges.

21 de mayo de 2014

La Pluma a Volar



Escribo ‘puerta’ para salir a jugar con las palabras.
Acaso mi inconsciente de chica católica recuerde que en principio fue el Verbo y  aunque
lejos del misterio y ministerio religioso, no puedo sin embargo dejar de remitirme al valor sagrado que se le da a la Palabra, metonimia de salvación.
¡Y qué regalo extraordinario es la palabra! Creo en su poder que supera, sana y salva pues me permite crear mundos, inventar salidas y reescribir la historia para exorcizarla.
Al enhebrar las palabras y alinearlas como hormiguitas negras, puedo jugar con ellas y sorprenderme cuando ellas se confabulan para jugar conmigo. Porque resulta ¡mirá vos! que al escribir ‘olvido’ no hago otra cosa que evocarte.

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Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso.
La escritura de Dios. Jorge Luis Borges.

8 de mayo de 2014

Aliteración



Remolona y sin ruido, roe las horas del día.
Recorre la rígida boca del reloj restituyéndose en el ritmo repetido y mecánico.
Ajena a los rumores de la novedad, ninguna sorpresa sacude la aburrida secuencia de su impronta silenciosa, inscripta sobre rayas y puntos, tan iguales a las rayas y puntos remitidos de ayer.
Como un río subterráneo, sin embargo, inicia su nombre en vibrante y múltiple rebeldía hacia quienes, con rabia, la llaman rutina.

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No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba […] Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Amor. Clarice Lispector

26 de abril de 2014

El Dueño de los Pinceles

Acrílico, W.R

(♫)

Tú quisiste
entrar en la otra sombra sin el triste
gemido del medroso y del doliente. 


A mi padre. Jorge Luis Borges.

..º..

17 de abril de 2014

La Evidencia



Cuando te extraño tanto, me instalo en el hueco de tu ausencia.

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9 de abril de 2014

Besos en la Sombra



Cuando yo era chica, solo en las películas o en las series norteamericanas de familias felices  veía  matrimonios que decían ‘te amo’ y se besaban en la boca. No digo que otras parejas no lo hicieran o que mi familia no fuera feliz, pero esas manifestaciones resultaban ajenas a mi vida cotidiana, austera hasta para la expresión del amor.
El amor no se decía, se vivía.
Se construía en los pequeños detalles y en los grandes sacrificios, tan imperceptibles y silenciosos que parecían no ocurrir. El mimo y la caricia sellaban un premio o enhebraban lágrimas para el  consuelo en el momento justo, en el instante preciso y encendían una luz que confirmaba la presencia inamovible de lo que, sabíamos, estaba ahí.
Siempre me sentí amada. Mejor dicho, nunca me he planteado la posibilidad de no haberlo sido a pesar de que aparentemente, mis viejos contradijeron todas las premisas de la psicología infantil que ahora se aplica.
No critico aquello (aprendí que el amor trasciende la encarnadura) y no critico esto (nada se compara con el abrazo perfumado y tibio de un niño), son modos o modas, distintas maneras de construir vínculos, diferentes lenguajes y signos de época diseñados para marcar  la impronta de una única palabra.
La que importa, claro, que es la misma de siempre, pronunciada a viva voz o entre susurros.

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Así pues, me pregunto si de veras me incumbe indagar en esos asuntos, si no es problemático poner a contraluz cada palabra, cada cambio de clima emocional, para observarlos cuidadosamente.
Diarios. John Cheever.

6 de abril de 2014

Revelación

El Mundo Invisible. René Magritte


Contigo aprendí
que no sabía todo de mí.

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31 de marzo de 2014

Culpa de Mandela

Ilustración: Maurice Sendak


Y de repente, el teclado se me llenó de conejitos.
No hace falta que explique la velocidad de sus ritmos reproductivos ni su característica prolificidad, para darles una idea aproximada de la blanda pelusa que me invadió sorpresivamente.
Todo empezó con ese pequeño y casi invisible conejo que, en la oreja negra, inscribía una rúbrica secreta. El celo estúpido, la corrección política o quién sabe qué, desalojó al pequeño okupa de su pabellón que saltó sobre mi mesa buscando asilo.
¿Qué hay de nuevo viejo?, le dijo Bugs Bunny a modo de bienvenida, en el mismo momento que el Conejo Blanco de Alicia, aparecía enarbolando su reloj, preocupado porque iba a llegar tarde.
Y en este correr de las horas, Antes del Amanecer y al grito de the years shall run like rabbits, los conejitos de W.H. Auden llegaron desde Viena para unirse a los demás, total, Jesse ya le había contado a Celine que no podría conquistar el tiempo y pactaba un futuro encuentro en París.  Alertados por los ecos de esta ciudad, diez nuevos conejitos irrumpieron en prolija secuencia vomitiva a partir de la carta que Cortázar escribió para una señorita radicada allí.
Pero como en toda buena reunión de conejos no puede faltar aquél salido de la galera del mago, ni el conejo pascual, ni el del calendario chino, ni el novio de Jessica, ni ese otro que viene a reclamar su pata, todos se hicieron presentes. Hasta  mi mascota de nombre difícil.
Imaginate el lío y mi preocupación, al comprobar que la progresión geométrica de los conejos también es posible dentro de mi cabeza.

 Y todo por Mandela.

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No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro.
Carta a una señorita en París. Julio Cortázar.


                                                                                                                 

26 de marzo de 2014

Una Soledad tan Concurrida

Foto: Demian Aiello


Mientras esto escribo, el televisor de la cocina repite hasta el hartazgo el grito de una mujer despidiendo a su marido. El sonido casi animal, estalla un te amo en la intimidad del duelo que se propaga por millones de pantallas.
'La noticia', 'la primicia', 'el morbo de la gente', 'lo que la gente quiere ver', parecen justificar la insistente exposición del dolor ajeno y la mediatización de las pequeñas miserias intrafamiliares.

Una mujer, otra, muere en la soledad de su casa.
Nadie la llora, ni la extraña, ni la reclama. Diez años después, con el único interés de la propiedad, vulneran la cerradura del domicilio y allí la encuentran, reducida a huesos, confundida entre el polvo y la basura.
'La noticia', 'la primicia', 'el morbo de la gente', 'lo que la gente quiere ver', parecen justificar la presencia de los medios en la vereda que transmiten en directo testimonios de algunos vecinos. Pero, ¿qué pueden decir de una puerta cerrada que tapió hasta los olores de la muerte?
Otra vez soy testigo involuntario.
El hijo de la vecina ‘del B’, tomó la foto que ilustra este post y que me remitió inmediatamente a las pinturas de Edward Hopper, artista estadounidense que supo representar con eficacia la deshumanización del mundo, la incomunicación y la soledad del hombre contemporáneo con un tratamiento casi cinematográfico.
Lugares públicos, luces y sombras, líneas rectas, efectos dramáticos, así en Hopper como en la tele.

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Tengo una soledad / tan concurrida/ que puedo organizarla/ como una procesión
Rostro de vos. Mario Benedetti


20 de marzo de 2014

Los Libros de la Buena Memoria



Me gusta regalar libros, los pienso y elijo según quién ha de recibirlos pero solo me desprendo de los libros que amo con las personas que amo.
Regalé un libro mío y estoy arrepentidísima.
Como ya he contado leo lápiz en mano, subrayo, hago marcas, cruces, signos de admiración o notas al pie. Tengo memoria visual y eso me ayuda cuando quiero recuperar una idea o releer algunos párrafos.
Me apropio del libro en el sentido más íntimo en tanto recorro todos sus rincones y planto banderas en el territorio que el autor deja para conquistar. Será por eso que necesito marcar como un topógrafo.
Me han dicho que ‘leo en capas’, pero sucede que la escritura nunca es inocente y quiere ser descubierta; va dejando señales silenciosas, hitos, anzuelos, carnadas invisibles que nos atrapan sin que sepamos. 
Me dejo llevar por el texto y cuando algo me detiene, lo marco y sigo. Puede ser una frase, una palabra, la reiteración de la misma o un espacio en blanco. No importa, signo y sigo leyendo hasta terminar.
Después vuelvo sobre mis pasos en busca de aquello que me hizo ruido. A veces, sí, puedo levantar varias capas, otras veces solo disfruto del brillo nacarado de una palabra bien colocada.
Pero esta vez no pude hacer el viaje de vuelta. Ando perdida e incompleta.
Y disgustada además, por haber cedido al impulso de regalar un pedazo de mí tan tontamente.

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Igual al apropiarme de todas las palabras mientras merodeo por el bosque me siento privilegiada. Y bastante sola.
La densidad de las palabras. Luisa Valenzuela

11 de marzo de 2014

Eso Que Supimos Ser



−¿Y nosotros qué somos?, dice que dicen las mujeres.
Posiblemente a él se lo hayan preguntado muchas veces tratando de esquivar la verdadera pregunta
−¿Qué soy yo para vos?
Y es que, en el curso del amor, uno es en función del otro. Se constituye en la mirada y en la palabra del amado, pero cuando la mirada  esquiva y la palabra silencia, tenía razón mi abuela
−No somos nada.

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Otra vez vuelvo a verte, / Pero, ¡ay, a mí ya no me veo!
Fernando Pessoa



28 de febrero de 2014

Prueba Superada


Yo sabía.
No me pregunten por qué, pero yo sabía y aunque no podía arrogarme la presunción de eliminar  la preocupación familiar con una certeza,  supongo que la tranquilidad instalada desde mi mismo centro, sirvió en parte para restarle dramatismo a la cosa.
Comencé el año materializando mi seudónimo de manera sorpresiva. Si bien no suelo prestarle demasiada atención a los llamados del cuerpo, esta vez se expresaba en rojos caracteres que no pude desatender.
Como los antecedentes familiares ya habían cubierto cinco casilleros en el cartón del bingo fatal,  para no asustar a la tropa, que se enteró de casualidad, pedí turno y fui sola al médico  que me expuso todas las posibles causas, consecuencias y tratamientos, aun los más radicales.
Una pequeña intervención eliminaría aquello que las imágenes mostraban y darían un diagnóstico certero, dos semanas después.
Evalué todas las posibilidades con absoluta calma no sé si por negación, resignación o íntima certeza de que nada debía temer. Lo cierto es que me recuperé de inmediato y, cumplido el tiempo establecido, ayer fui a buscar el resultado que despejó las nubes negras y confirmó felizmente mi buena salud.
La gente que me quiere dio cuenta de su preocupación y expresó alivio según su modo con lágrimas, flores, llamados, cartas y retos. Pero yo sabía, porque a pesar de que habitualmente lo desoigo, mi cuerpo es generoso y estuvo todo el tiempo repitiendo con persistencia, que no había ninguna fiera agazapada en su interior.
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Cada persona al nacer posee una ciudadanía dual, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferiríamos sólo utilizar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar.
La Enfermedad y sus Metáforas, Susan Sontag