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Ya casi se cumple un año y su orfandad parece aumentar cada día.
Me avergüenza cuando dice ¡sos tan buena! porque sé que no lo soy. No puedo serlo cuando marco límites invisibles e intento preservar espacio y tiempos con férrea y silenciosa voluntad.
Extraña - sabe, intuye, teme- no ser ya el centro de la rueda, la columna central de la familia. Huérfano de su compañera se ha vuelto niño en el afecto y hombre bravo en la impotencia porque el eje se ha corrido inevitablemente.
La cabeza blanca y noble se inclina a veces en sueños fragmentados que inventan duendes y terrores infantiles, tal vez con la velada intención de recuperar la compañía nocturna que por varios meses le prestamos y que no sustituye la compañía –la compañera- que busca y necesita.
Y cuando dice ¡sos tan buena! me siento mal porque no sabe de las tormentas que provoca cuando estalla mis silencios cada vez más escasos, arrinconados en horas de la madrugada.
Tampoco sabe cuánto me enoja que se endurezca ante el dolor, que no asuma lo inevitable, que no se amigue con el presente.
Y cuando lo abrazo o le preparo algo calentito o escucho (im)pacientemente las historias repetidas tantas veces y me dice ¡sos tan buena! me avergüenzo porque sé que no lo soy y porque está recibiendo una flaca moneda de cambio, aunque brille como oro ante sus ojos.
No sé –no puedo, no debo, no quiero- dar hasta que duela.
Qué mierda.
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Consideraba, tal vez, en sus momentos de menor lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace mucho calor [...] Sin embargo, él mismo no cayó en la cuenta de que se había vuelto tan sutil en sus pensamientos, que hacía por lo menos tres años que en sus momentos de meditación ya no pensaba en nada.
Un día después del sábado, en Los funerales de la Mamá Grande. Gabriel García Márquez