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No me preocupo demasiado por las cosas; más allá de la puntual utilidad que presten, no me aferro a ellas y tal parece que esta actitud les ha despertado un espíritu rencoroso y batallador. Me obligan a pensarlas, buscarlas o repararlas para llamar la atención y cachetear mi suficiencia.
Seguramente, la receta del oftalmólogo, el repuesto para la silla de la computadora, el aro que me falta y el llavero que no encuentro, estarán observándome desde algún rincón con ojos de gnomo juguetón y vengativo.
La impresora no fue ajena al plan conspirativo. Imprimir una novela de 230 páginas consumió cartucho de tinta, resma y paciencia porque masticó papeles, desconfiguró la secuencia y tuve que repetir todo otra vez.
La cámara de fotos adhirió a la protesta cuando, con las pilas agotadas y el cargador knock out, frustró la intención de retratar las secuelas del choque.
El auto, mientras tanto, espera que le planchen las arrugas y vomita a borbotones el agua que le damos a beber.
Y el teléfono celular… ése que desconozco siempre y que no escucho nunca, ahora se tilda cuando más lo necesito. Rencoroso y maligno se empaca conmigo y se porta de maravillas en el service. No pude usarlo el día del accidente y tampoco esta mañana cuando, ajena al alboroto que mi desaparición y silencio de radio provocaban, me tomé dos cafés mientras escuchaba Beatles y comenzaba un nuevo libro.
La camarera pizpeó el título y junto con el café me trajo una invitación para una Feria de diseño, arte contemporáneo y bandas en vivo. Salí de ahí, entré a preguntar por unas preciosas zapatillas color fucsia A.Y NOT DEAD y el flaco vendedor embutido en sus chupines me dijo:
-La conjura de los necios… ¡qué buen libro!
No sé si las cosas son capaces de conspirar o si están dotadas de algún espíritu travieso que insiste en molestarme. Por las dudas veré si puedo distraerlas haciendo cambio de teléfono, auto o libro.
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Seguramente, la receta del oftalmólogo, el repuesto para la silla de la computadora, el aro que me falta y el llavero que no encuentro, estarán observándome desde algún rincón con ojos de gnomo juguetón y vengativo.
La impresora no fue ajena al plan conspirativo. Imprimir una novela de 230 páginas consumió cartucho de tinta, resma y paciencia porque masticó papeles, desconfiguró la secuencia y tuve que repetir todo otra vez.
La cámara de fotos adhirió a la protesta cuando, con las pilas agotadas y el cargador knock out, frustró la intención de retratar las secuelas del choque.
El auto, mientras tanto, espera que le planchen las arrugas y vomita a borbotones el agua que le damos a beber.
Y el teléfono celular… ése que desconozco siempre y que no escucho nunca, ahora se tilda cuando más lo necesito. Rencoroso y maligno se empaca conmigo y se porta de maravillas en el service. No pude usarlo el día del accidente y tampoco esta mañana cuando, ajena al alboroto que mi desaparición y silencio de radio provocaban, me tomé dos cafés mientras escuchaba Beatles y comenzaba un nuevo libro.
La camarera pizpeó el título y junto con el café me trajo una invitación para una Feria de diseño, arte contemporáneo y bandas en vivo. Salí de ahí, entré a preguntar por unas preciosas zapatillas color fucsia A.Y NOT DEAD y el flaco vendedor embutido en sus chupines me dijo:
-La conjura de los necios… ¡qué buen libro!
No sé si las cosas son capaces de conspirar o si están dotadas de algún espíritu travieso que insiste en molestarme. Por las dudas veré si puedo distraerlas haciendo cambio de teléfono, auto o libro.
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¡Cuántas cosas,/ minas, umbrales, atlas, copas, clavos,/ nos sirven como tácitos esclavos,/ciegas y extrañamente sigilosas!/Durarán más allá de nuestro olvido;/ no sabrán nunca que nos hemos ido.
Las cosas. Jorge Luis Borges











