
Hace algunos años vino a Mar del Plata Alfredo Alcón con ‘Los caminos de Federico’, un unipersonal que traza una línea cronológica en la vida de García Lorca a través de sus más diversos textos.
Amo la poesía, amo a Lorca y admiro a Alcón, así es que esperé el estreno con ilusión.
Por esas cosas de mis ojos que cada tanto se rebelan, tenía ese día la sensación de vidrio molido debajo de los párpados, un rojo furioso y una creciente fotofobia que me impedía abrirlos.
Inhabilitada para manejar, le pedí a S. que me sirviera de lazarillo y así, con anteojos oscuros y de su mano, tomamos un taxi que nos dejó en el Auditorium.
Ubicada en la butaca, cerré los ojos resignada, aceptando que, después de todo, la poesía es para escuchar.
Un fondo negro, una silla, una botella en el piso y Federico/Alfredo llenaban el lugar a pesar de la economía escenográfica.
Como en estado de gracia y con los ojos cerrados, escuchaba los versos conocidos pero…
una señora por ahí cerca, también los repetía a la par y en voz alta, una nena de tres o cuatro años, paradita detrás mío me tiraba el pelo cuando se aferraba a la butaca, preguntaba a los gritos por qué apagaban la luz y pedía irse, la señora a mi izquierda, después de abrir caramelos, comer y hacer ruido con el papel y las mandíbulas, roncaba.
Era invierno y un coro de toses y estornudos interrumpía a cada rato el parlamento del actor.
Hay ciertos códigos de silencio no escritos así como hay gente que carece de una mínima sensibilidad para percibirlos y asiste al teatro con la misma actitud desenfadada que a un espectáculo circense o un estadio de fútbol.
Yo estaba incómoda, fastidiosa y furiosa y cuando parecía que ya nada peor podía suceder y Alcón superaba con el bello color de su voz cualquier sonido ajeno, se levantó una mujer en medio de la sala y empezó a gritar
-¡No se escucha! ¡No se escucha! ¡gastaron tantos millones en arreglar el teatro y no puedo escuchar nada!
Alcón enmudeció, se encendieron algunas luces bajas, la señora de mi izquierda dejó de roncar y preguntaba ¿qué pasa? ¿qué pasa?, se detuvo la función, debimos esperar que llegara una funcionaria de cultura de la Municipalidad, que habló, justificó y no sé qué más pasó. Yo puteaba por lo bajo en cuarenta idiomas y cuando el artista volvió al texto después de la interrupción, lo admiré doblemente. No podía imaginar de qué manera lograba meterse nuevamente en el personaje después de semejante bolonqui.
Tuvo más respeto por el público que el público por él, supongo.
Retomó el parlamento donde lo había dejado, y recitó las líneas que seguían
- y ahora me voy..!
Entonces, una voz femenina quejumbrosa y suplicante surgió desde las primeras filas al grito de
- ¡¡No Alfredo, ahora no te vayas por favor. Te queremos!!
[ … ]
Cuando las dos caretas cometen la travesura de actuar al unísono, suceden estas cosas
..º..
La vida es una obra de teatro que no permite ensayos.../ Por eso, canta, ríe, baila, llora/ y vive intensamente cada momento de tu vida...
El teatro de la vida. Charles Chaplin













