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Hablar con ella es como perderse en un laberinto de espejos.
Se multiplica por mil pero no sabés bien cuál de todas lleva la voz.
Llama por teléfono y nunca saluda con el habitual ‘hola’; baja el tono, dice alguna estupidez o pregunta por algún personaje que varía según los acontecimientos que hayan afectado mi semana.
Entonces sí, establecido el pacto y después del ‘quehaceeees boluda’ comienza la maratón.
Habla, fuma, pregunta, contesta, trabaja, toma café, va al baño, me lee mails que recibe y los responde, todo a la velocidad de la luz.
Me deja colgada cada dos minutos porque abrió la ventana para poder fumar y se le volaron todos los papeles del directorio, o porque debe atender otra llamada, o porque bromea con algún compañero o porque debe atender algún asunto urgente de laburo. Habla conmigo y con los que tiene alrededor por eso, muchas veces, no sé si me habla a mí. Generaliza la conversación, cuenta a los demás algo que le digo, me presenta y me pasa con una compañera que ‘es cuerva como vos’. Me cuenta de los chicos, de la madre, del ex, del actual, de las vacaciones, del departamento, del perro, del dentista, que fue a la cancha el domingo, que cuándo voy a ir para allá, qué como estoy, que si sé con quién estuvo, que si tengo noticias de B, que si sé la edad de I.
Pierde agendas y celulares por docenas, su caridad no tiene filtro y terminan por robarle la billetera o la ilusión, es desmesurada en sus odios y sus amores, es torpe, decidida, rencorosa, dispersa, expeditiva y generosa.
Tiene una energía impresionante, es alta, flaca, rubia, linda, inteligente, graciosa y errática en el discurso.
Es fanática de su club, histórico rival del mío, pero mantenemos una paz armada aunque me haya contado los pormenores de cómo nos robaron y quemaron el gran trapo.
Es paqueta, femenina, zafia o mal hablada según dónde y con quién.
Es un torbellino que entra en mi cabeza y me deja la oreja colorada.
No registro ni la mitad de lo que hablamos porque, en realidad, se trata de otra cosa y que se resume en el saludo final antes de cortar:
Chau nena, te quiero.
··º··
…el afecto que se tributan supera en intensidad el espesor de eso que, desde donde yo las veo, podría creerse que no pasa de ser poco menos que un ejercicio de festiva incomunicación.
Una biografía de la lluvia. Santiago Kovadloff.