
(♫)Hace siglos que no me subo a un bondi y lo que gané en comodidad lo perdí en historias.
Al salir de la facultad solía atravesar una cortada preciosa que abre espacio entre la Casa del Puente y el Colegio Illia, dependiente de la Universidad. La parada está frente a la puerta de otra dependencia universitaria que da cursos para adultos, así es que el colectivo era casi un transporte escolar de tres generaciones que lo llenaban por completo.
Mi casa quedaba en la otra punta y durante el largo trayecto, subían y bajaban alumnos de, por lo menos, cinco escuelas más; con el tiempo vas conociendo a tus compañeros de ruta, advertís un gesto ensimismado, un reciente corte de pelo o un par de zapatillas nuevas.
Los mayores que salían de un curso de literatura, ubicados en asientos dobles, se pasaban apuntes, recetas y direcciones de peñas folklóricas donde, según contaba un anciano, se había enamorado perdidamente de una mujer más joven cuya displicente condescendencia, aceptaba con filosofía.
Dentro de lo posible, yo me sentaba en una butaca individual, cerca de la puerta de bajada, para evitar roces y olores indeseados que los adolescentes suelen prodigar con generosidad, aunque no quieras. De cualquier manera, me divertía escucharlos y pensaba que algunos padres deberían de vez en cuando, darse una vuelta en colectivo porque, básicamente, la voz de todos los jóvenes se parece:
la de la piba que odia a la madre porque la obliga a ordenar su cuarto, la de las amigas que arreglan la manera de burlar la vigilancia familiar para ir a bailar, la del chico y la chica que se manotean como si pelearan cuando en realidad, ensayan con disimulo las primeras caricias, o la del pibe que fue sorprendido fumando un porro por el hermano mayor de su amigo.
Obligado por aquél a contarlo (¡o vos o yo!) a sus padres, me enteré de la conmoción familiar, del llanto de la madre, del gesto desesperado del papá tomándose la cabeza con ambas manos, de los ¿por qué?, de la promesa de no hacerlo más, de la decisión de llevarlo a terapia.
Escuché los
ah, y los
uh, las risitas nerviosas, los insultos dirigidos al ‘buchón’ y las preguntas ¿qué hiciste? (
lloré, tiré todo al inodoro) ¿qué vas a hacer? (
ni en pedo vuelvo a fumar).
Subía también una chica con discapacidad mental que sacaba un peine del bolsillo y peinaba a las mujeres sentadas delante de ella. Quienes sabíamos la dejábamos hacer, pero los pasajeros ocasionales se daban vuelta con un espanto que esperábamos con divertida expectación.
Cuando la tarde caía, el colectivo llegaba a la costa recorriéndola desde el Hermitage hasta el Boulevard Alberdi.
Casi tocando el agua y en el cielo pálido todavía, una luna enorme y redonda, asomada a la ventanilla, sorprendía a una pareja de novios quienes, interrumpidos los besos por una amorosa discusión, giraron finalmente para preguntarme si ‘eso’ era la luna o el sol. Aclarado el tema de que era la luna llena y que en estas latitudes, el sol no se pone sobre el mar, ellos siguieron con sus arrumacos y yo, al este del paraíso.
Hace siglos que dejé de viajar en bondi, la comodidad del auto me hizo perder historias, pero también gané muchas anécdotas. No por nada S. dice que, salir conmigo, es hacer turismo aventura.
..º..
Cuando voy a sentarme/advierto que mi cuerpo/se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse/adonde yo me siento.
Dicotomía incruenta. Oliverio Girondo