17 de abril de 2014

La Evidencia



Cuando te extraño tanto, me instalo en el hueco de tu ausencia.

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9 de abril de 2014

Besos en la Sombra



Cuando yo era chica, solo en las películas o en las series norteamericanas de familias felices  veía  matrimonios que decían ‘te amo’ y se besaban en la boca. No digo que otras parejas no lo hicieran o que mi familia no fuera feliz, pero esas manifestaciones resultaban ajenas a mi vida cotidiana, austera hasta para la expresión del amor.
El amor no se decía, se vivía.
Se construía en los pequeños detalles y en los grandes sacrificios, tan imperceptibles y silenciosos que parecían no ocurrir. El mimo y la caricia sellaban un premio o enhebraban lágrimas para el  consuelo en el momento justo, en el instante preciso y encendían una luz que confirmaba la presencia inamovible de lo que, sabíamos, estaba ahí.
Siempre me sentí amada. Mejor dicho, nunca me he planteado la posibilidad de no haberlo sido a pesar de que aparentemente, mis viejos contradijeron todas las premisas de la psicología infantil que ahora se aplica.
No critico aquello (aprendí que el amor trasciende la encarnadura) y no critico esto (nada se compara con el abrazo perfumado y tibio de un niño), son modos o modas, distintas maneras de construir vínculos, diferentes lenguajes y signos de época diseñados para marcar  la impronta de una única palabra.
La que importa, claro, que es la misma de siempre, pronunciada a viva voz o entre susurros.

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Así pues, me pregunto si de veras me incumbe indagar en esos asuntos, si no es problemático poner a contraluz cada palabra, cada cambio de clima emocional, para observarlos cuidadosamente.
Diarios. John Cheever.

6 de abril de 2014

Revelación

El Mundo Invisible. René Magritte


Contigo aprendí
que no sabía todo de mí.

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31 de marzo de 2014

Culpa de Mandela

Ilustración: Maurice Sendak


Y de repente, el teclado se me llenó de conejitos.
No hace falta que explique la velocidad de sus ritmos reproductivos ni su característica prolificidad, para darles una idea aproximada de la blanda pelusa que me invadió sorpresivamente.
Todo empezó con ese pequeño y casi invisible conejo que, en la oreja negra, inscribía una rúbrica secreta. El celo estúpido, la corrección política o quién sabe qué, desalojó al pequeño okupa de su pabellón que saltó sobre mi mesa buscando asilo.
¿Qué hay de nuevo viejo?, le dijo Bugs Bunny a modo de bienvenida, en el mismo momento que el Conejo Blanco de Alicia, aparecía enarbolando su reloj, preocupado porque iba a llegar tarde.
Y en este correr de las horas, Antes del Amanecer y al grito de the years shall run like rabbits, los conejitos de W.H. Auden llegaron desde Viena para unirse a los demás, total, Jesse ya le había contado a Celine que no podría conquistar el tiempo y pactaba un futuro encuentro en París.  Alertados por los ecos de esta ciudad, diez nuevos conejitos irrumpieron en prolija secuencia vomitiva a partir de la carta que Cortázar escribió para una señorita radicada allí.
Pero como en toda buena reunión de conejos no puede faltar aquél salido de la galera del mago, ni el conejo pascual, ni el del calendario chino, ni el novio de Jessica, ni ese otro que viene a reclamar su pata, todos se hicieron presentes. Hasta  mi mascota de nombre difícil.
Imaginate el lío y mi preocupación, al comprobar que la progresión geométrica de los conejos también es posible dentro de mi cabeza.

 Y todo por culpa de Mandela.

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No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro.
Carta a una señorita en París. Julio Cortázar.


                                                                                                                 

26 de marzo de 2014

Una Soledad tan Concurrida

Foto: Demian Aiello


Mientras esto escribo, el televisor de la cocina repite hasta el hartazgo el grito de una mujer despidiendo a su marido. El sonido casi animal, estalla un te amo en la intimidad del duelo que se propaga por millones de pantallas.
'La noticia', 'la primicia', 'el morbo de la gente', 'lo que la gente quiere ver', parecen justificar la insistente exposición del dolor ajeno y la mediatización de las pequeñas miserias intrafamiliares.

Una mujer, otra, muere en la soledad de su casa.
Nadie la llora, ni la extraña, ni la reclama. Diez años después, con el único interés de la propiedad, vulneran la cerradura del domicilio y allí la encuentran, reducida a huesos, confundida entre el polvo y la basura.
'La noticia', 'la primicia', 'el morbo de la gente', 'lo que la gente quiere ver', parecen justificar la presencia de los medios en la vereda que transmiten en directo testimonios de algunos vecinos. Pero, ¿qué pueden decir de una puerta cerrada que tapió hasta los olores de la muerte?
Otra vez soy testigo involuntario.
El hijo de la vecina ‘del B’, tomó la foto que ilustra este post y que me remitió inmediatamente a las pinturas de Edward Hopper, artista estadounidense que supo representar con eficacia la deshumanización del mundo, la incomunicación y la soledad del hombre contemporáneo con un tratamiento casi cinematográfico.
Lugares públicos, luces y sombras, líneas rectas, efectos dramáticos, así en Hopper como en la tele.

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Tengo una soledad / tan concurrida/ que puedo organizarla/ como una procesión
Rostro de vos. Mario Benedetti


20 de marzo de 2014

Los Libros de la Buena Memoria



Me gusta regalar libros, los pienso y elijo según quién ha de recibirlos pero solo me desprendo de los libros que amo con las personas que amo.
Regalé un libro mío y estoy arrepentidísima.
Como ya he contado leo lápiz en mano, subrayo, hago marcas, cruces, signos de admiración o notas al pie. Tengo memoria visual y eso me ayuda cuando quiero recuperar una idea o releer algunos párrafos.
Me apropio del libro en el sentido más íntimo en tanto recorro todos sus rincones y planto banderas en el territorio que el autor deja para conquistar. Será por eso que necesito marcar como un topógrafo.
Me han dicho que ‘leo en capas’, pero sucede que la escritura nunca es inocente y quiere ser descubierta; va dejando señales silenciosas, hitos, anzuelos, carnadas invisibles que nos atrapan sin que sepamos. 
Me dejo llevar por el texto y cuando algo me detiene, lo marco y sigo. Puede ser una frase, una palabra, la reiteración de la misma o un espacio en blanco. No importa, signo y sigo leyendo hasta terminar.
Después vuelvo sobre mis pasos en busca de aquello que me hizo ruido. A veces, sí, puedo levantar varias capas, otras veces solo disfruto del brillo nacarado de una palabra bien colocada.
Pero esta vez no pude hacer el viaje de vuelta. Ando perdida e incompleta.
Y disgustada además, por haber cedido al impulso de regalar un pedazo de mí tan tontamente.

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Igual al apropiarme de todas las palabras mientras merodeo por el bosque me siento privilegiada. Y bastante sola.
La densidad de las palabras. Luisa Valenzuela

11 de marzo de 2014

Eso Que Supimos Ser



−¿Y nosotros qué somos?, dice que dicen las mujeres.
Posiblemente a él se lo hayan preguntado muchas veces tratando de esquivar la verdadera pregunta
−¿Qué soy yo para vos?
Y es que, en el curso del amor, uno es en función del otro. Se constituye en la mirada y en la palabra del amado, pero cuando la mirada  esquiva y la palabra silencia, tenía razón mi abuela
−No somos nada.

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Otra vez vuelvo a verte, / Pero, ¡ay, a mí ya no me veo!
Fernando Pessoa



28 de febrero de 2014

Prueba Superada


Yo sabía.
No me pregunten por qué, pero yo sabía y aunque no podía arrogarme la presunción de eliminar  la preocupación familiar con una certeza,  supongo que la tranquilidad instalada desde mi mismo centro, sirvió en parte para restarle dramatismo a la cosa.
Comencé el año materializando mi seudónimo de manera sorpresiva. Si bien no suelo prestarle demasiada atención a los llamados del cuerpo, esta vez se expresaba en rojos caracteres que no pude desatender.
Como los antecedentes familiares ya habían cubierto cinco casilleros en el cartón del bingo fatal,  para no asustar a la tropa, que se enteró de casualidad, pedí turno y fui sola al médico  que me expuso todas las posibles causas, consecuencias y tratamientos, aun los más radicales.
Una pequeña intervención eliminaría aquello que las imágenes mostraban y darían un diagnóstico certero, dos semanas después.
Evalué todas las posibilidades con absoluta calma no sé si por negación, resignación o íntima certeza de que nada debía temer. Lo cierto es que me recuperé de inmediato y, cumplido el tiempo establecido, ayer fui a buscar el resultado que despejó las nubes negras y confirmó felizmente mi buena salud.
La gente que me quiere dio cuenta de su preocupación y expresó alivio según su modo con lágrimas, flores, llamados, cartas y retos. Pero yo sabía, porque a pesar de que habitualmente lo desoigo, mi cuerpo es generoso y estuvo todo el tiempo repitiendo con persistencia, que no había ninguna fiera agazapada en su interior.
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Cada persona al nacer posee una ciudadanía dual, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferiríamos sólo utilizar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar.
La Enfermedad y sus Metáforas, Susan Sontag

22 de febrero de 2014

Believe Or Not Believe



A diferencia de los días previos, que  disfruta con el armado  del árbol y la lista de regalos que algún elfo le hará llegar a Papá Noel, Emilia sufre horrores la noche de Navidad.
Atenta al sonido de una posible campanilla o el ruidoso Jo, Jo, Jo, sienta su angustia congelada  a la mesa familiar sin  probar bocado. Expectante, con el temblor de un cachorro friolento, teme y espera.
Con el fin de proporcionarle alivio, el año pasado, su mamá le contó al oído la verdad que derriba la primera inocencia: Papá Noel no existe.
Aferrada a sus temores no le creyó y este año volvió a repetir sus miedos. Tal vez porque necesitamos una ilusión para vivir, aunque la espera nos paralice.
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−¿Es aquí el Paraíso?
−No señorita, aquí no. Vaya y pregunte en la otra esquina.
El Paraíso en la otra esquina. Mario Vargas Llosa

15 de noviembre de 2013

A Media Luz Los Dos



El cartel de neón pestañea sobre la puerta angosta e ilumina con intermitencia la vereda.

La pareja mayor entra con la confianza de quien conoce el terreno. Recorre el local con la mirada, saluda a todos, busca una mesa cerca de la pista y se sienta a la espera del vaso de vino que habitualmente consume. Pantalones de sarga él, medias negras con costura, ella. Bajo la penumbra del mantel blanco, los pies de ambos comienzan a dibujar firuletes.

Detrás, la segunda pareja, joven, vacila pero ingresa finalmente con paso audaz. La media luz del ambiente disimula el modo desenfadado y simpático del joven y el estilo exuberante de la chica quienes, con mirada curiosa, caminan hasta una mesa vacía y se sientan con emocionada expectación.


“Esta noche, amiga mía, /el alcohol nos ha embriagado... / ¡Qué me importa que se rían /y nos llamen los mareados!”


Como todos los jueves, la milonga está concurrida. El ritmo del 2x4 impregna el aire, acaricia las pieles, susurra palabras e invita a bailar. Los sonidos del bandoneón manosean las caderas femeninas apurando la urgencia del varón. La pista se va llenando de piernas entrelazadas en interminables ochos.
El ojo en el ojo, la piel con la piel. La mujer seduce y el hombre conduce.

Comienza a sonar la orquesta de Pugliese.
El piano del maestro, los violines y el bandoneón desgranan el “Recuerdo” que enciende en los ojos de la pareja mayor un acuerdo mudo que los lanza al centro en un abrazo sensual y antiguo. Giran como estrellas de un único universo y hacen nuevo lo clásico en cada corte y quebrada. Sudorosos, como en trance, siguen abrazados cuando el tango finaliza.


“No debí pensar jamás/ en lograr tu corazón/ y sin embargo te busqué/ hasta que un día te encontré/ y con mis besos te aturdí/ sin importarme que eras buena...”


El joven toma a la chica de la cintura y la conduce con juvenil destreza girando por toda la pista. Los movimientos de la pareja son armónicos y teatrales. Ampulosos. Brillan los plateados femeninos en brazos del nuevo dandy, el cajetilla urbano. La melodía inunda el ambiente y la pareja mayor se une a la danza de los jóvenes.
Y son uno.

Lo clásico y lo moderno. La juventud y la experiencia. Lo íntimo y lo popular. El brillo y la opacidad. Lo rígido y lo mórbido. El percal y la sarga y la seda. Todo se mixtura en apretada ceremonia de amor.

La ceremonia ancestral del tango.

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El tango es un pensamiento triste que se baila. 
Enrique Santos Discépolo.



Imagen: flickr



29 de octubre de 2013

¿En dónde estás Altazor?



Cuando rendía un final en la facultad, tomaba ‘el espacio’ como eje temático. Eso me permitía recorrer todo el programa y achicar el margen pantanoso de las repreguntas: movimientos literarios, géneros, autores, obras y cánones, encontraban su espacio ordenándose ajustadamente como una matrioska hecha de palabras.
Las profesoras que me advertían de la difícil tarea de desarrollar tanto en tan breve tiempo,  reconocían después con generosa calificación, el armado prolijo de ese puzzle.
Y es que la cuestión del tiempo me resulta ajena contrariamente a lo que me ocurre con el espacio, porque creo que es ahí donde me constituyo y confirmo mi identidad.
 Mi cuerpo, que de pronto se encuentra despertando en cama ajena, se ve obligado a provocar un pequeño parto que ubique al inconsciente en ese continente extraño y, como espacio de representación, se presta distraído a que el tiempo escriba y borre según le parezca, marcas, arrugas, canas o cicatrices.

¿Una hora, un mes, un año?
¿Una temporada?
¿Un instante?
Qué sé yo del tiempo.
Me configuro en el espacio, que es donde el amor deja su huella y donde duelen las ausencias.

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Yo, cada vez que me sucede algo nuevo, aprendo que tengo un cuerpo.
Diario de un cuerpo. Daniel Pennac

9 de octubre de 2013

Divina Comedia




Luego, viendo Dios que todo era perfecto, en el octavo día se tomó una jarra loca y creó la Argentina.

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4 de octubre de 2013

Cae La Lluvia Minuciosa


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La lluvia tiene un vago secreto de ternura.
Pablo Neruda

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11 de julio de 2013

Truco


Aprenderé a jugar al truco sólo para decirte quiero

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