El domingo encaramos para la Sierra de los Padres que nos recibió vestida y perfumada de primavera; los puestos de verdura alineados como un comité de recepción se cuadraban en rojos, verdes, naranjas y borgoñas.
Árboles frondosos, arrullo de palomas, brisa cálida de sol y un rico café bajo sombrillas azules, pintaron los trazos de un mediodía casi perfecto.
Abandoné por un rato la mesa para mirar túnicas y artesanías que aparecen entre puentes y escalones de un pequeño laberinto comercial.
Mc Cartney me guió hasta un carrusel donde una única princesa de largas trenzas rubias giraba el mundo sobre un elefante, hasta que un acompañante montó súbitamente a caballo para escoltarla y desplegar un infinito número de habilidades que ganaron su atención y su sonrisa.
Él, hijo de la dueña de la calesita, acompañó la segunda vuelta de la princesa que, esta vez, decidió cabalgar a su lado permitiendo el masculino despliegue de seducción coronado con un acto de entrega increíble.
En un momento dado, el niño bajó, buscó la sortija, arrimó una sillita infantil, se subió a ella y ofreció la preciada llave que prolongaría el hechizo una vuelta más y del que participé sin ser invitada.
Podría entrar en consideraciones con respecto a la primavera, a los ritos de seducción o al amor temprano pero, más allá de todo, ayer pude confirmar que la cosa es genética: desde chiquitos, los hombres las prefieren rubias.
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La vida vuelve a ser cuento/ que en lo bello se demora.../ Ensoñador silba el viento/ cuando un chico se enamora.
Cuando un chico se enamora, Elsa Isabel Bornemann










